No sólo la memoria es obstinada (la mirada disidente de Cecilia Barriga)

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Marta Zein

El próximo 17 de octubre, jueves, la artista visual Cecilia Barriga estrena su nueva película documental Tres instantes, un grito. Sucederá en Santiago (Chile) en un cine cuyo nombre me recuerda al último mensaje que Salvador Allende lanzó a la ciudadanía durante el golpe de estado militar que desembocaría en una larga y dolorosa dictadura: “Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”. La proyección se llevará a cabo en el Cine Arte Alameda, a las 19:00h.

Desafortunadamente, no podré estar ahí; afortunadamente, he podido ver su relato.

Lo más fácil sería decir que Cecilia Barriga muestra tres instantes de indignación colectiva surgidos en distintos puntos de este planeta. Pues bien, empezaré por ahí, daré la razón a la apariencia: En Madrid la artista forma parte de ese Toma la Plaza que habitó en la Puerta del Sol al grito de ”!Que no, que no nos representan, que no!”. Meses después salía a filmar en New York el Occupy Wall Street, donde se cantaba al son de “¡Somos el 99%!”. Este particular periplo desembocaría en Santiago de Chile, cuando las estudiantes del movimiento Toma el Colegio culminaban siete meses de ocupación de sus centros de estudio bajo el grito de “¡La educación chilena no se vende, se defiende!”. Sin embargo esta cronología es sólo el soporte de algo más profundo.

Contado así, podría parecer una oportunidad histórica bien aprovechada, pero no es cierto, Cecilia decidió y eligió estar ahí, tomando el pulso a las tres ciudades que más huella han dejado en su trayectoria vital y creativa. No es una turista ideológica ni una narradora de la actualidad, planta su ojo en el lugar en el que siempre ha estado: la disidencia y el compromiso y es desde ese lugar desde donde narra esta historia.

Hay relatos que son un espejo en el que se reconoce quien los lee, escucha, ve, por eso nos asomamos a todos, incluso si son esos sencillos videos que nuestros amigos cuelgan en las redes sociales, por si encontramos uno de esos en el que podamos reconocernos, saber quiénes somos, entendernos más, querernos más… sentirnos, en el fondo, menos sol@s. Sucede incluso si el espejo es tan breve como un poema.

No importa si la historia gira abiertamente sobre nuestras propias vidas o transcurre en el patio trasero de nuestra casa: ver nuestra experiencia “ahí fuera”, alejada de nuestra piel, la convierte en algo fascinante. La memoria se desdobla, produciendo un extraño enajenamiento: aquell@s que hablan con nuestra voz, mueven nuestra cara y usan nuestra ropa no somos exactamente nosotr@s mism@s. ¡Qué extraño ver cómo levantamos las manos allá a lo lejos, perdid@s entre la multitud, dentro de unos sucesos que ya forman parte de nuestros recuerdos!.

Creo que sucede así porque aquello que “fue”, lo que vivimos, es invisible y habita en el cuarto oscuro de nuestra intimidad y nuestros secretos. Por eso, por mucho que nuestra experiencia de ayer se asome a la pantalla y repita uno a uno nuestros pasos, nos revolvemos en nuestra silla. Sabemos que aquello que vemos es sólo un pedazo de lo vivido, que somos más que esa mueca en el cristal de la pantalla, que nuestro aroma no está, ni ese sueño que tuvimos, ni lo que callamos… Todo aquello que recordamos no aparece y al mismo tiempo, junto a esta ausencia hayamos, sorprendentemente, un poco más: esa periferia que se nos quedó en la punta de los dedos, los márgenes de nuestra propia vida.

Las personas que narramos la realidad sabemos que la cámara puede mostrar nuestros ángulos ciegos, ubica nuestra ceguera, acorta distancias con todo aquello que no entendemos, que no sabemos, de nosotr@s mism@s. Eso es lo fascinante de los documentales.

Aunque sabía que todas estas afirmaciones son universales, aunque conocía el proceso y sabía lo que me esperaba, volvió a suceder: Vi la película de Cecilia Barriga y me sentí disparatadamente menos sola.

Mi problema es que no imaginaba que me sentía “así” de sola, así de cuánto y de cómo y de qué, ni que mi piel albergara la sombra larga de esa solitud infantil, humana, absoluta y tierna que acompaña a los seres rebeldes.

Por muy acompañad@ que se sienta, quien se sitúa en algún lugar contestatario sabe que su espacio siempre es menor y más frágil que eso tan inmenso llamado “sistema”, “orden establecido”, “poder”… Por mucho que escuche la voz de sus acompañantes en las manifestaciones, participe en eventos colectivos, su nombre aparezca en una larga lista de firmas en defensa de un derecho… al final quien se mete en la cama con sus debates sobre este mundo es un@ mism@ y no sabe hasta qué punto el camino que esta mañana abrió en compañía se cerrará a sus espaldas.

Podría argumentar durante horas este anterior planteamiento con datos y referentes culturales, demostrar que se puede incluso añorar espacios en los que no se estuvo porque el relato consiguió transportarte a aquel suceso (Daniel Cohn-Bendit, conocido como “Dani el Rojo” logró cautivar mi corazón veinteañero con su relato sobre el 68 francés en “La revolución y nosotros que la quisimos tanto” y aún me conmuevo)…. pero prefiero hablar de esa emoción que asomó lentamente del envés de mi piel a medida que avanzaba este documental porque soy narradora, y como tal sé que es eso lo que sueña toda persona que desea contar la realidad: atrapar al “otro”, llevarle a nuestro mundo, agarrarle por las vísceras y pasear su cabeza por universos que pertenecen un poco a “lo de ese afuera” y otro poco a “lo de mi adentro”.

Agarrándome de los ojos, con inapelable dulzura, con aparente inocencia, Cecilia Barriga me invitó a ver algo que ya había vivido, y yo pensé, muy en el fondo, que “Ya me la vi, ya estuve allí”. Es decir, bajé la guardia y sucedió lo inesperado: A medida que Tres instantes, un gritoavanzaba, la media luna que mi boca dibujaba en el rostro al reconocer aquellos días en la puerta del Sol, se fue transformando en una raja abierta por una fina cuchilla, una ligera incisión en Nueva York que terminó rebanándome el pecho al asomarme a Chile. Allí, con esas adolescentes, estaba la Cecilia que aún asoma al fondo de sus ojos, la que ve el mundo tras la cámara y va sumando años y vida y cine y compromisos…

Allí estaba lo constante con ellas, también, el origen de todo esto, la razón por la que una sigue implicándose en los cambios de la historia y se empeña en seguir narrando el mundo, la muestra fehaciente de que no sólo es la memoria la que es obstinada, sino esa constante que late en nuestras venas y que se llama vida y que nos lanza hacia delante. Así es este documental: pura sangre.

 

Cuando terminó la película, mi corazón latía, rajado, encima de la mesa… y, extrañamente, sonreí con profundo alivio.

“Tres instantes, un grito” se estrena en los cines de Santiago dentro de una semana. Si estuviera allí, contemplaría el rostro del público y me bañaría en sus ojos. Pero estoy aquí y ya tengo añoranza de aquello que no viviré.